Bajo la luz del Caribe

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En Cuba no todos recuerdan el sabor del casabe, ni la receta del arroz con coco, apenas se entonan los vallenatos y los rituales vudú son práctica minoritaria en ciertas zonas de la parte oriental del país. El cocò mordàn no es un concepto recurrente en nuestro imaginario sexual.

En Santiago de Cuba, arrollando con la conga y tomando Pru Oriental puedes sentirte en nuestro entorno más caribeño, es allí donde el ritmo, la comida y la actitud de la gente transparenta sin reservas esa región bordada por el tropicalismo, descrita de modo inigualable por autores como Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez dentro del concepto llamado: Realismo Mágico.

Llegar a Guadalupe, Martinica o Saint Kitts desde La Habana resulta demasiado escabroso, para ello se deben tomar tres o cuatro vuelos y hasta un barquito, dependiendo de la temporada o el lugar.

Siempre he pensado que los caribeños deberíamos tener un pasaporte que nos distinga, un intercambio mayor en cuanto a eventos y espacios tanto científicos como deportivos, culturales o políticos. Los caribeños vivimos desconectados en el interior de nuestras islas.

Pocas veces he conocido proyectos culturales –no oficiales– trazados desde el Caribe que apuesten por unir nuestros lenguajes en un solo delta. Como toda regla tiene su excepción quiero resaltar el trabajo de Lyle O. Reitzel Gallery, quien desde su espacio central en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana, gestiona y ofrece el más trascendente arte contemporáneo de la región.

Lyle O Reitzel abrió recientemente una sucursal en New York en la 139 Eldridge St. del Lower East Side donde este arte del Caribe resulta uno de los que más interés y curiosidad despierta entre críticos, coleccionistas o curiosos que visitan la ciudad. No sería descabellado decir que este arte sigue siendo un fenómeno exótico para muchos, pues, aunque nuestros países posean una excelente posición geográfica o una historia política, musical o religiosa conocida, el mundo sigue viendo el Caribe con extrañeza. Es increíble que cincuenta años después del descubrimiento de Macondo, los caribeños seguimos envueltos en un halo de misterio y aislamiento cultural.

W– ¿Por qué especializarte en arte caribeño y quiénes son tus artistas?

L– Crecí entre óleos, acrílicos, caballetes y pinceles de pelo de malta en el negocio familiar “Atelier Gazcue” que mi madre, Marcelle Pérez Brown, mantuvo abierto por más de dos décadas en Santo Domingo. Años más tarde, mientras estudiaba Mercadotecnia en la universidad, decidí recorrer museos, ferias de arte y galerías en las principales ciudades de Occidente, soñando con que un día pudiese representar artistas que, por entonces, yo sentía inalcanzables, hoy muchos de ellos son mis mejores amigos y forman parte de mi familia y colección personal.

Un día saliendo de un ensayo de mi banda de rock “Cahobazul”, allá por los años noventa conocí al pintor dominicano residente en París José García Cordero, quien me propuso organizarle una exposición en el Atelier. La muestra fue todo un éxito y desde entonces han pasado 25 años, mi galería ha crecido y se desplaza por el mundo llevando el arte del Caribe, siempre con propuestas originales y brillantes que son referencia universal para muchos, tal es el caso de José Bedia, Edouard Duval Carriè, Ignacio Iturria, José García Cordero, Luis Cruz Azaceta, Gerard Ellis, Scherezade García, Raúl Recio, entre otros grandes maestros latinoamericanos.

W –Me han comentado que eres famoso por invitar a tus artistas –no residentes en el Caribe– a trabajar en zonas específicas de la región.

L– En el 2016 iniciamos un proyecto experimental de residencia–taller en dos paradisíacos estudios ubicados entre Samaná y Santo Domingo. El maestro uruguayo Ignacio Iturria lo inauguró en una suerte de extrapolación del Sur al Caribe. Resultó un éxito increíble, donde el entorno insular y la atmósfera caribeña influyeron al artista a crear su nueva serie titulada “Caribe Nocturno” que culminó con su gran show en nuestra galería, convirtiéndose en un tsunami cultural.

El cubano José Bedia posee su propia residencia dominicana para crear bajo la luz del Caribe en la zona de Juan Dolio, sitio donde ha producido parte importante de una obra trascendental en estos últimos años.

W– ¿Cuál es la nueva propuesta de Lyle O Reitzel Gallery?

L– Estaremos en Context Art Miami 2017, expondremos en su nueva locación de One Herald Plaza, Biscayne Bay, del 5 al 10 de diciembre en el marco de Art Basel. Llegamos con un nutrido grupo de artistas del Caribe Contemporáneo. México, Latinoamérica y España. Esto incluye al maestro Ignacio Iturria, Premio de la Bienal de Venecia 1996, con la pieza inédita “El Lobo”, al mismo tiempo exhibimos una obra genial del ícono cubano José Bedia, titulada “Todos por el país hembra rebelde y caprichoso”, así como al importante artista cubano Luis Cruz Azaceta con su serie “Swimming to Havana”. Se integran a la curaduría cuatro artistas dominicanos de varias generaciones: José García Cordero con su nueva serie “Estancias Placenteras”, Scherezade García, Gerard Ellis y Tania Marmolejo. Haití tendrá su pico de protagonismo con el monumental Edouard Duval Carriè, referencia obligada en Miami, él nos presenta su obra “El extraño mundo de los Zombies”. Tendremos además la presencia del gran artista español Santiago Ydañez, con obras en la colección permanente de Museo Reina Sofía, quien produjo una pieza especial para la feria titulada: “1, 2, 3 Patines”, así como la integración del creador mexicano Víctor Rodríguez con su controversial obra Kennedy Dodecahedron”.

W– ¿Existe para ti un arte del Caribe?

L– Claro que existe un arte caribeño, una suerte de “Reino de este mundo” a salvo en nuestro imaginario.

Somos un tópico infinito que detona con vigor en importantes salones y muestras internacionales. Nos identifican características visibles, colores y texturas, morfologías únicas que desnudan la fisionomía de nuestra exuberante región. La alegría, el mestizaje y nuestra particular idiosincrasia se manifiesta en diferentes voces y lenguas que derivan en una inmensa multiculturalidad.

Somos también ese residuo histórico de grandes batallas políticas y sociales, la delicada posición geográfica tan expuesta a los desastres meteorológicos, además del clima caluroso que influye directamente en la creación.

Al cierre de mi entrevista, caminando por la galería de Santo Domingo recordé la tarde de verano en la que mi madre visitó a Lezama Lima en su casa de Trocadero en pleno Centro Habana. Ese día charlaban a propósito de la extensión de Paradiso. “¿Por qué no se escriben novelas largas en la isla?”, preguntó ella al maestro.

–Es el calor, el calor asfixia las ideas y si no vas camelando el final, las páginas se pudren –respondió el maestro con su tono asmático, entrecortado, acariciando las páginas de su enorme libro escrito bajo la poderosa luz del Caribe.

Escritora cubana residente en La Habana.

El Nuevo Herald / Por Wendy Guerra

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