Panamá: Ballenas jorobadas se preparan para emprender su viaje al sur

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Foto: Panama Today

Una enorme cabeza negruzca llena de escaramujo emergió del océano apenas a dos metros de la borda del bote, mientras un familiar soplido exhalado por el orificio nasal identificó al animal como una ballena jorobada o Megaptera novaeangliae.

El mamífero, cuya longitud superaba los 15 metros, al parecer se acercó a escudriñar a los intrusos que se mantenían expectantes de sus movimientos, mientras el apacible sonido ambiente solo era interrumpido por los chasquidos de las cámaras fotográficas, inmortalizando así el exclusivo momento.

Se nos antojó que vino a posar ante las cámaras, pavoneándose en un nado lento para mostrar su enorme lomo antes de sumergirse en las profundidades, pero sin permitirnos captar la descomunal cola, que solo pudo apreciarse difusa en medio del remolino de la zambullida en las aguas teñidas de intenso azul.

Después del susto de ver a la yubarta (como también se le conoce) tan cerca, una primera inspección ocular descubrió los descritos folículos pilosos, unas protuberancias similares a tumoraciones, los cuales la ciencia asevera que son especies de sensores e identifica a la especie, además de su aleta dorsal torcida.

“Hoy se han mostrado hurañas”, se lamentó Denis, el patrón de la pequeña lancha, quien aseguró que en otros momentos “son más amables” y se exhiben flotando sobre las aguas con sus crías o moviéndose alrededor de las embarcaciones.

“Es que están haciendo sus maletas”, dijo en lenguaje figurado, y ante el rostro incrédulo de su interlocutor aclaró de inmediato: “sí, al finalizar septiembre comienzan el regreso al sur”, afirmó en alusión al largo viaje migratorio hasta las frías aguas árticas, adonde llegarán cuando comience el verano antártico.

Según el “lobo de mar”, cuando se disponen a emprender el regreso al polo, asumen una postura conservadora y se distancian un tanto de la cercanía de extraños, como si ensayaran las medidas de seguridad para la travesía.

Sobre las muy difundidas imágenes de espectaculares acrobacias con saltos, Denis advirtió que eso es muy difícil de ver, aunque la motivación de los fotógrafos es encontrar ese momento y los reporteros que hacíamos el viaje también lo ambicionábamos.

Tal comportamiento sería una forma de comunicación entre manadas, principalmente en la etapa de migración, aunque poco se conoce al respecto; pero un estudio publicado en Marine Mammal Science (Ciencia de mamíferos marinos) sostienen esa hipótesis tras análisis de la especie.

La conclusión preliminar del por qué de esa conducta se basó en las diversas formas de la actividad superficial según el contexto grupal y ambiental, tomando en cuenta que el mismo disminuyó cuando los miembros de una familia se encontraban dentro de un perímetro de cuatro kilómetros (km).

Otra forma de contacto a distancia son los cantos, que científicos captaron hasta 10 km del animal; la canción de la ballena jorobada es una señal vocal compleja, altamente estructurada y se piensa que el macho también la utiliza como parte del acto de apareamiento.

Un oasis de las yubartas

Otoque es una pequeña y exuberante isla de frondoso bosque sobre las cuestas del cerro central, rodeada de altos acantilados en una suerte de reservorio salvaje para una fauna terrestre que se disputa el espacio y la supervivencia, sin la intervención humana en la mayor parte de los 266 km cuadrados de superficie.

A su alrededor, pequeños promontorios rocosos, algunos de ellos aparecen y desaparecen con la marea, al igual que una hermosa playa de aguas cristalinas conocida como Punta Cedro, solo accesible en la bajamar y muy cerca de otro islote con tamaño suficiente para recibir nombre propio: Bona.

En Otoque, dos pequeñas poblaciones ocupan segmentos de los litorales occidental y oriental desde épocas prehispánicas, la última con aires de pequeña ciudad por sus calles asfaltadas y sólidas construcciones bien diseñadas y pintadas, aunque con una población que apenas supera el centenar.

Los accidentes geográficos de sus costas y las formaciones rocosas que la rodean, permiten a las ballenas refugiarse de las corrientes marinas, a la vez que constituye oasis alimentario para las pequeñas familias, las cuales convierten estos mares en su privado campamento vacacional.

En la diminuta bahía que conforman los montículos de tierra firme y las mencionadas islas, alcanzamos a divisar al menos seis ejemplares de diversos tamaños, que desaparecían en las profundidades para anunciarse minutos después con el fuerte soplido y en instantes después desaparecer quién sabe con qué rumbo.

Los pescadores, respetuosos del hábitat temporal de la yubarta, recogen sus artes cuando divisan algún ejemplar cerca de la embarcación, apagan el motor y se mantienen en silencio, para solo continuar la marcha cuando la aleta dorsal jorobada denuncia en la distancia que el animal se alejó.

Es una convivencia de buenos vecinos, donde no solo comparten espacio, sino el cardumen, pues una sola ballena puede ingerir entre 1,8 y 2,5 toneladas métricas de peces si hay disponibilidad, mientras que la forma de pesca es una suerte de red o burbuja de aire creada entre todas, en la cual atrapan el alimento.

Turismo de avistamiento de ballenas

Un atractivo para los turistas constituye observar ballenas en su medio natural, lo que resulta posible en el Pacífico panameño desde junio hasta octubre, aunque septiembre es el momento de mayor concentración.

En ese mes llega la avanzada de las oriundas del Ártico, similares en su morfología, y que tienen su máxima presencia desde diciembre a marzo, lo que permite presencia de ballenas jorobadas en aguas panameñas casi todo el año.

Las motivaciones para esas migraciones son las mismas: buscar las aguas cálidas cercanas al Ecuador para evitar el crudo invierno polar y tener sus crías, y luego retornar cuando el verano llega alternativamente a cada hemisferio, en el recorrido migratorio más largo de los mamíferos.

Entre los lugares preferidos de las jorobadas están los cercanos al archipiélago de Las Perlas, las islas Taboga, Otoque e Iguana, todos al sur de la capital, mientras otra área predilecta es el Golfo de Montijo, al oeste de la Península de Azuero, principalmente las islas Coiba, Gobernadora y Cébaco.

Expediciones turísticas con variadas ofertas intentan explotar la observación como atractivo, a través de múltiples operadores que no siempre cuentan con los recursos y código de conducta para evitar perjudicar a la especie, como sucede en ocasiones.

La comercialización de esa exclusividad natural deja dividendos de alrededor de tres millones de dólares anuales, según estadísticas extraoficiales, aunque la falta de estudio y el pobre desarrollo actual del turismo en el país, impide el análisis de las potencialidades económicas del avistamiento de estos mamíferos.

Grupos ecologistas y científicos levantan las banderas del proteccionismo a la especie, que antaño sufrió la depredación por la pesca indiscriminada y su veda permitió el rescate de la población, pero miran con recelo las conductas incorrectas de turistas que quieren acercarse, tocar y hasta nadar junto a ejemplares.

Denis, ese hombre de mar cuyo sustento extrae de sus entrañas, tal vez no haya estudiado por qué necesita proteger a las yubartas, pero su respeto por el cuidado de los enormes animales da fe que sabe de la importancia de la conservación, aunque desconozca que ayuda así al equilibrio ecológico que le favorece.

 

Fuente: Prensa Latina 02/10/2017

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